La historia de “la trapona”
Sonalys Borregales Blanco
Esta no es una leyenda popular, como La Llorona o El Silbón. Esta es una historia de Navidad y de migración.
¿Cuántos de ustedes han tenido la entretenida conversación sobre cómo se pronuncia “tal cosa” en tu país? Ese parece ser un asunto que genera mucha curiosidad a la gente; por eso, apenitas alguien sabe que vienes de otro lugar empieza con el interrogatorio:
-¿Cómo se dice “banano” en tu país?
-Cambur
-¿Cómo se le dice a la papaya?
-Lechosa
-¿Cómo se le dice a la guata?
-Barriga o panza. Yo uso panza.
Y así podemos pasar un buen rato descubriendo palabras nuevas para las cosas que llamábamos de otra manera. A veces, la conversación surge en medio de lo cotidiano. Hace poco, en Navidad, estaba en casa de unos amigos: él es colombiano y ella española. Y yo, pues, venezolana, pero de Maracaibo; de Maracaibo, pero que vivió cinco años en Caracas; que vivió cinco años en Caracas, pero compartió varios meses en China con gente de toda América Latina, y ahora vivo en Bogotá.
Ya no sé cómo se llaman algunas cosas, confundo palabras, no sé de dónde son o dónde las escuché antes. Así fue como nació “la trapona”. Estaba en la casa de estos amigos y necesitaba secar un poco de agua del piso. Entonces, pregunté: ¿Dónde puedo encontrar el lampazo?
Me miran un poco raro, sin entender. Quiero decir, el trapero o coleto, dije. Como me pareció que aún no era claro, solté la definición: lo que usan para secar o limpiar el piso…
-¡Ah, la fregona!, exclamó ella, con su acento español de Alpedrete que seguramente tiene variaciones respecto a otros lugares de ese país. Inmediatamente, me dijo dónde estaba, pero también comenzó el tan esperado debate sobre las distintas palabras que se usan para nombrar lo mismo.
-El mapo, agregó él.
Todos habíamos entendido que cada uno tenía una forma para llamar esa cosa compuesta por un mazo de cordones absorbentes y un palo largo que se usa para limpiar los pisos. Pero, claro, en ocasiones son tantas palabras y algunas se parecen a otras. Por eso, otro día, también en medio de mi afán por mantener los espacios limpios, se me ocurrió pedir, de nuevo, “la trapona”.
Esta vez sonó más raro que la vez anterior. No existía ninguna trapona; me la había inventado, tratando de recordar el nombre que usaba ella, el que se usa en Bogotá y con la referencia de otras tantas palabras para lo mismo que había ya tenido que aprender y usar en otras ocasiones.
A los que han migrado, han estado viajando, tienen amigos de otros países, etcétera: ¿les ha pasado algo así con las palabras?