Trump, no sea hijoeputa; no se debe tratar a la gente así
Sí, soy venezolana, soy de una familia pobre, soy licenciada porque estudié en una universidad pública y gratuita, soy un poco sorda, soy miedosa, soy trabajadora, soy amable y risueña, también soy depresiva y malgeniada.
Sí, mi nombre es el extraño resultado de la combinación del nombre de mi mamá (Sonia) y la terminación “lys”, tomada del personaje de una novela o de una yegua del hipódromo de mi pueblo. Jamás sabré la historia verdadera sobre mi nombre, pero debo reconocer que, después de 35 años, comienza a gustarme.
Soy habladora y tímida algunas veces, soy mala para aprender inglés, soy chistosa e impertinente, soy vulnerable a las penas de los demás, soy ingenua y soy peleona, soy ignorante de muchas cosas y no creo tener la respuesta para nada de lo esencial de la vida.
Y aun así, aquí estoy. Sí, me instalé en Bogotá, aunque nunca me imaginé viviendo en un lugar donde no me quisieran (o al menos, eso creía). Mucho menos en Colombia, porque crecí viendo los horrores de esta guerra y me aterraba. Siempre pensé que no se podía vivir así, con esa zozobra; pero descubrí que este país es muchísimo más que eso que me daba miedo.
Soy contestona y "zurda" o "roja" (como prefieran), soy chavista y, depende del momento y mis ganas de joder, también soy madurista; soy una joven que ha perdido la fe en la humanidad, soy mamá de dos perritos, soy periodista (de oficina, pero periodista), soy amiga, soy la hija única, entre dos varones a los que amo.
Sí, mis padres se asustaron cuando les dije que me iba del país; porque la xenofobia, porque la trata de personas, porque "¿quién te va a cuidar allá?”, porque sí y porque tenían razón. En este mundo, no hay lugar seguro para su “Sonalinda”, “mamita” y, más recientemente, “cariño”.
Soy grosera y dormilona, soy enamorada y aburrida, soy de “mal comer” y de “pelo malo”, soy latina y no sé bailar, soy costeña y no me gustan las fiestas, soy insegura, soy noble y hasta tengo complejo de superheroína.
Me fui de mi país buscando una vida mejor, para mí y mi familia. Yo soy como tantos otros. Como los que están siendo humillados en las redadas y deportaciones de Estados Unidos.
Hoy, necesito reafirmar lo bueno y lo malo en mí. Necesito recordar que, como yo, hay miles de personas que tienen que dejar todo lo que conocen, transformarse, llenarse de valor y rebuscar cualidades que nunca pensaron tener. Todo eso en busca de algo mejor (sea lo que sea que eso signifique).
Si hubiera podido elegir, seguramente no sería migrante, sino turista; sería psicóloga y no periodista; sería bilingüe y hasta científica. Si hubiera podido elegir el camino, quizá no estaría escribiendo en este blog. Pero lo que no pongo en duda, eso nunca, es mi capacidad de sentir empatía.
Con todo este revuelto de cosas que soy y que me ha tocado ser, con todo lo que seré y tendré que dejar de ser, necesito decir que me pudre de rabia cuando veo a los migrantes encadenados como animales y dentro de un avión que parece más un depósito de cuerpos. Me da asco la superioridad de esos que se creen parte del norte cuando, para los de allá, solo son mano de obra barata. Porque no quieren personas, sino obreros. Y, sobre todo, me duele esa gente que desconoce al hermano solo por el deseo de hacerse llamar estadounidense.
Independientemente del punto de partida, del camino y del final que tenga todo esto, yo estoy segura de que estaría puteando a Donald Trump por su desprecio infinito por nosotros los latinos, por los pobres, por los de nombres raros y por los que han nacido en estas tierras llenas de héroes, de sangre y de mierda.
Déjeme a mi gentecita quieta, Trump, que lo mejor de este lado somos precisamente nosotros. No sea hijoeputa; no se debe tratar así a nadie. Y sí, yo también soy migrante.
Sonalys Borregales Blanco | 29 de enero de 2025