El bipolar más bello del mundo

aquí estaba comiendo mamones mientras jugaba dominó
En memoria de Fernando Borregales. 

Probablemente tenga que escribir muchos textos como este para despedirme de mi papá. Antes, cuando estaba vivo, ya había hecho varios intentos frustrados de explicar con palabras cómo era convivir con una persona como él.

Digo que fueron “intentos frustrados” porque empezaba y luego me quedaba paralizada ante el temor de que se malinterpretaran sus actos, de que no fuera lo suficientemente fiel a la realidad o lo necesariamente justa.

La coherencia y la cohesión del texto también me preocupaban. ¿Cómo describirlo sin saltar de una anécdota común y corriente a un comportamiento extraordinario y que mantuviera algún sentido lógico?

Creo que ese es el desafío central de todo esto. Y, aun cuando me he esforzado mucho, solo ahora puedo comprender que no puedo superar el reto porque sencillamente no había nada de lógico en esto y mi papá era un hombre común y corriente que saltaba de cuando en vez a tener personalidades excéntricas y extraordinarias.

Nunca supe ordenar a mi padre en una sola versión. Mi papá no era obrero, chofer de transporte público ni electricista, carpintero ni jardinero; no era escritor ni músico, tampoco era pintor o chef. Él no era bailarín, pero, se lanzaba unos pasos que atrapaban la atención; no era peleonero ni pasivo, quizá algo justiciero.

A mi papá no le gustaba emborracharse, pero más de una vez llegó casi sin poder mantenerse en pie y hablando más disparates de lo normal. No era un tipo aburrido, eso jamás. Enamorado, eso sí, de Sonia, a quién el aguantó por décadas sus berrinches. 

Él no era ladrón ni respetuoso de los bienes ajenos, era, más bien tramposo y manipulador. Él no eludía sus obligaciones, pero era irresponsable, así que más de una vez nos cortaron la luz y tuvimos que irnos a la casa de las tías mientras él veía cómo resolverlo.

Le gustaba llevar a casa cualquier cantidad de cosas innecesarias mientras el hambre apremiaba. Una radio, un compresor, un carro, regalos para los más pequeños de la familia, algún perol que él pensara que le hacía falta al vecino. No importaba cuánto dinero hubiera conseguido, siempre encontraba la manera de gastarlo hasta quedar otra vez en cero y que el agua nos llegara al cuello.

Fue católico y cristiano evangélico, nunca ateo, porque nada le era imposible. A nosotros nos costó un poco elegir los ritos religiosos en su despedida final. No sabíamos si encomendar su alma a la virgen o hacer un culto honrando su vida con un pastor. 

Pausa. Aquí les contaré otra anécdota del día de su velorio. Una vecina muy cerca a la que solía sacarle fiado sus antojos exóticos llegó contando que apenas unas semanas antes había pedido un pijama de niñita. –“Yo no sé para quién era eso”, dijo. Mi papá no tenía hijos pequeños, así que ahí había un potencial chisme por descubrir para la señora. Yo, acostumbrada ya a esos tejemanejes, no le di importancia. Más tarde, llegó una de sus sobrinas favoritas mostrándome, entre lágrimas, la foto de su hija con el pijama que mi papá le había comprado la última Navidad.

No le interesaba si tenía liquidez o no. Él estaba acostumbrado a gastar lo que tenía, lo que le iba a llegar y lo que no recibiría jamás con tal de hacer de su voluntad. Por eso, yo llegué a recibir mensajes de gente extraña cobrándome sus gracias de niño viejo.

Así fue desde el principio de los tiempos hasta sus últimos días. Despilfarrar sin pudor era una de sus cualidades. En su juventud fue trabajador de la empresa de telecomunicaciones de Venezuela, por ahí a los cincuenta se dedicó a distribuir frutas en el pueblo en una camioneta blanca que ya pedía perdón por sus pecados cometidos, por ahí casi llegando a los sesenta cuidaba carros en sitios públicos a cambio de billeticos de muy baja denominación.

Trabajó hasta que el menor de sus hijos terminó su carrera en la universidad. El día de mi ceremonia de grado, por cierto, era el padre más feliz de todos. Yo me había graduado con honores y, vestida con toga y birrete blanco, lo vi llegar a la sala, con una rosa rojita envuelta en papel de regalo, con un traje que nunca antes había visto, lentes oscuros y gritando para demostrar su emoción. La gente murmuraba no sé qué cosas al verlo parlotear sin parar y haciendo bromas inadecuadas. Yo intentaba alejarme y dejarlo disfrutar a sus anchas. Así me liberaba un poco de la vergüenza. Tuvieron que pasar varios años para que pudiera valorar ese momento y lo que significaba.

Y así como se esforzó por conseguir dinero honradamente, también me llegó a robar la mesada que él mismo me daba y que juiciosamente yo ahorraba. Podía guardarla en el rincón más oscuro y olvidado de la casa, pero él la encontraba. Eso quizá fue inofensivo, sin embargo, en una oportunidad hipotecó la casa en la que crecíamos y vivíamos en “santa paz”.

Ese mismo papá, mi papá, un 14 de octubre, en una pizarra acrílica escribió con marcador permanente un mensaje con dibujitos de corazones para felicitarme. “Mamita, feliz cumpleaños”. Cuando llegaron los quince años para mí, él estuvo varias semanas cantando “Quince primevas” del  Trío San Javier como antesala al magno evento que a mí ni me interesaba. Tuve que escucharlo cantar en el camino de la escuela a la casa, en la habitación mientras veíamos televisión, durante la visita a un familiar, mientras se bañaba, cuando estábamos almorzando, frente a mis compañeros de salón…

Ahí estuvo grabada su letra durante años. Otros mensajes varios me escribió: en libros que me regala, en papelitos con indicaciones cotidianas, por mensaje de texto con el celular desde que me fui de su casa.

También llegó a desterrarme de entre sus hijos y a retirarme la bendición porque, “según él”, yo no lo respetaba. En efecto, era así. Él se había convertido, para mí, en una especie de hijo rebelde y nadie viene con un manual para ser padre. Tampoco existe un manual para hijos con padres bipolares.

Después de su segundo intento de suicidio decidí asumir la tarea de acompañarlo a las consultas psiquiátricas, comprarle sus medicinas, estar atenta a que las bebiera correctamente y lo más difícil, contener sus ataques de euforia y depresión. En un mes estaba yo gritándolo para ver si podía entender que debía bajarle el volumen a la música luego de atormentarnos con Gilberto Santa Rosa o Alí Primera la madrugada entera y al siguiente mes sin poder dormir por miedo a que se hiciera daño.

Quién sabe cuánto tiempo estuvimos así, porque, finalmente, todos los que convivíamos con él y lo amábamos terminábamos siendo bipolares como él, siguiendo su ritmo para cuidarlo y cuidarnos. Nadie puede saber tampoco de su sufrimiento y el desgaste que esa dinámica generaba en él. Lo que sí sabemos es que fue el mejor amigo, hermano, vecino, cuñado, hijo, tío, abuelo, esposo, compañero. Así era Fernando, impredecible como su muerte. Él fue todo y mucho más; yo no pude ordenarlo ni cambiarlo. Al final, tampoco quise porque él era el bipolar más bello del mundo.


Nota final: En la fotografía, él estaba comiendo mamón mientras jugaba dominó con sus sobrinos. 

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