La ciudad más limpia

A caballo regala'o no se le mira la basura; árbol que crece entre basura, jamás sus ramas enderezan; basura que no mata es porque está por todos lados; al que entre basura vive, Dios lo ayuda. Todos estos refranes me sirven para desahogarme.

Ya sé que este no es mi país natal, que no debería meterme en esto —dirán muchos—. Quizá Bogotá estuvo peor en otra época, pero ¡que Dios nos proteja! Entre tanta inmundicia regada por doquier, no hay forma humana de mirar hacia otro lado porque ahí te encontrarás más desperdicios al frente.

¿Los que se supone deben gestionar este problema no se han dado cuenta? ¿Los que salimos todos los días a la calle, esquivando este campo minado de bacterias, no tenemos opciones?

me espera otro día paseando a los perritos y buscando un camino decente por donde pasar.
¿Cuántos comparten esta angustia? Ya basta de lanzar por ahí a uno que otro con una escoba y una pala a pararse ante la cosa más escatológica que se puedan imaginar para intentar retirarlo. Eso no está funcionando. Ni hablar de las moscas que te soplan las orejas o de las ratas que se han adueñado de las noches espantando sin pudor.

Y sí, este es un problema de todos. Pero en este punto ya no es solo una responsabilidad compartida. Doña Laura y don Pedro pagan —y caro— para que una empresa se encargue de eso. Si doña Laura no cumple con su factura, las consecuencias llegan rápido. ¿Por qué no pasa lo mismo cuando el sistema falla?

Mi abuelo decía: la ciudad más limpia no es la que más se barre, sino la que menos se ensucia. Ya no sé si él era un genio o si nosotros somos, simplemente, demasiado estúpidos y nos hemos acostumbrado a que quienes deberían limpiar sostengan una escoba de oro que nunca ha tocado el suelo.