La ocasión siempre fue esta

Sonalys Borregales Blanco 

20 de mayo de 2026



¿Qué son los muertos si no nuestros recuerdos? Hay quienes, cuando parten, son nombrados por sus más hermosos atributos; otros, por sus defectos más miserables. La memoria es tramposa: desecha lo malo para complacerse o para complacer a los demás.

De don Du —Douglas—, después de más de un año trabajando juntos y de ese infarto que lo apagó, solo me quedan buenos recuerdos. Empecé a repasarlos uno por uno. A mí siempre me hizo sentir especial, aunque luego entendí que tenía la rara capacidad de hacer sentir así a muchos otros.

No me voy a detener en cómo era editar noticias internacionales con él ni en las conversaciones que llenaban esas jornadas. Prefiero dejar aquí tres anécdotas que lo retratan mejor que cualquier descripción.


Primera: “Mariana”.

Cuando llegué a la sala de edición aquel día, había una joven tímida sentada a su lado. No sé si era adorable por tímida o tímida por adorable. Apenas entré, él hizo la presentación con orgullo intacto:

—Ella es mi hija, Mariana.

Ese día se dedicó a enseñarle, paso a paso, cómo se armaba una noticia para televisión, y luego le dio el mando en el computador, un acto que lo contenía todo. Estaba entregando sus esperanzas y la posibilidad de dejar un respaldo en casa si algún día faltaba.

Fui testigo y partícipe. Con una paciencia que no cualquier padre tiene, le mostró cómo grabar las voces en off, él mismo dobló las traducciones de las declaraciones de funcionarios extranjeros y dejó que ella armara ese rompecabezas de audios e imágenes. Al final, revisó que todo estuviera listo para salir al aire.

Mariana aprendía rápido. Ya dominaba comandos, cortaba audios, ajustaba volúmenes y resolvía pequeños problemas técnicos sin angustiarse. Terminó la nota de los tres casi sin ayuda.

¡Ha, ha! Estábamos felices. Aunque apenas la conocía, me alegró reconocer en ella las mismas ganas que yo tenía cuando empecé. Don Du, mientras tanto, no ocultaba el orgullo. Sabía que podía estar tranquilo si Mariana salía adelante y él se estaba encargando de darle las herramientas.

El plan era perfecto: Mariana debía aprender, luego la ayudaría a entrar en RTVC y, finalmente, ella seguiría sus pasos como editora de videos. En menos de lo que canta un gallo, eso pasó. Mariana necesitó poco más de un mes y él siempre “chicaneó” por las capacidades que demostró la joven. “Esa china es una verraca”, repetía.


Segunda: El traje para Joshua

No puedo negar que lloré; lloramos.

Aquella vez don Du estaba más guapo que nunca. Sus ojos azules brillaban dentro de ese traje de paño elegantísimo. Y, como yo soy de poco aguantarme dudas, le pregunté a qué debíamos el honor de verlo con tan bonita pinta.

Había sido el primer día de escuela de su más tierno logro: Joshua. Entonces me mostró el video que había grabado para guardar el momento: desde la salida de la casa hasta la puerta del colegio.

Joshua saltaba de aquí para allá tomado de mano de su padre y de su madre. Don Du parecía suspendido en una felicidad tranquila. Me contó que había usado traje muchas veces, pero nunca con tanta convicción como esa mañana.

No escatimó en halagos para ese hermoso niño de piel morena y rizos perfectamente desordenados. Así celebraba don Du la vida. Más recientemente, hablando un poco de tanto, me dijo que ya había vivido lo que había querido y que ahora solo esperaba alcanzar a ver a Joshua entrar a la universidad.


Anécdota final

Una tarde, como muchas otras, don Du y yo estábamos editando una noticia internacional y en esos momentos aprovechábamos para “echar carreta” de Trump, de Colombia, de la lluvia y el sol. Era muy fácil trabajar con él porque uno ponía la voz principal y él se encargaba del resto, pero esa vez entre cuento y cuento los dos nos descuidamos.

Hablamos hasta por los codos sin percatarnos de que algo no había salido bien en el video: habíamos dejado dos veces el mismo testimonio dentro de la pieza.

Así fue como descubrí que editar con don Du era un arma de doble filo.

Desde entonces seguimos hablando sin parar mientras trabajábamos, pero al final, casi como un pacto silencioso, revisábamos juntos que no hubiera vuelto a aparecer el famoso “testigo doble”.

Si los muertos son aquello que recordamos de ellos, entonces a don Du le sobreviven la paciencia, el orgullo de padre, la generosidad para enseñar y esa manera suya de estar disponible para los demás.

Ojalá todos podamos llegar a ser personas como don Du: satisfechos, pero sin bajar la guardia. Ojalá nunca nos falten las ganas de ayudarnos entre sí. Ojalá seamos más de los que repitamos sin parar: ¿Qué necesita?.

Y, sobre todo, ojalá cada día nos pongamos nuestro mejor traje para vivir, ese que guardamos con polvo para una ocasión especial sin darnos cuenta de que la ocasión siempre fue esta.


En memoria de don Du.