La gata que se quedó con todo
Otra vez la muerte me invita a escribir. Esta vez se fue Minina. Pocos sabrán que tenía una gata, pero no cualquier gata: ella era mi reina. Tenía 19 años cuando la encontré, yo, inocente como una niña de trece, y ella recién nacida, de quizás tres días de vida.
Era de mañana y yo la escuchaba chillar desde cualquier espacio de la casa. Intenté no angustiarme por su llanto, pero qué va. No me puedo resistir ante el sufrimiento de alguien. Estaba en el callejón que separaba mi casa materna de la de la cruel vecina mata gatos. Estaba sola, sin poder caminar ni ver, abandonada. Lloraba desesperada sobre la tierra seca, caliente y repleta de hormigas que la picaban.
La criatura era hermosa, blanquita, como hecha con pintura, de verdes ojos y más pequeña que mi mano pequeña. Tenía su cordoncito umbilical aún pegado de la pancita rosada. No dudé de que debía rescatarla, aunque tenía que superar un problemilla: mi mamá.
No le gustaban los gatos; debo confesar que a mí tampoco. Habíamos decidido también no tener más mascotas después de que Tommy y Muñeca, los perritos de mi infancia, murieron de viejos. Qué dolor tan insoportable fue perderlos. Recuerdo estar en posición fetal, a moco tendido, por esos dos animalitos con los que jugué hasta el cansancio final.
Pero volvamos a la cosita chiquitita y llorona que recién encontraba. La tomé como si fuera una bolita de goma; me parecía muy frágil. Le sacudí las hormigas, sin salir yo librada de sus mordidas feroces; la llevé adentro y llamé a mi mamá, que aún dormía.
—No, ¿para qué te pones a recoger esos animales de la calle? Nosotros no sabemos nada de gatos, puede estar enfermo, no tenemos dinero para mantener una mascota; además, cuando se muera, quién los aguanta llorando. Después, ese animal sucio va a estar metido en esta casa… Bueno, que se quede, pero lo vas a cuidar vos.
La última parte, en la que intento registrar la respuesta de mi madre, probablemente sea exagerada o un resumen de todo lo que dijo durante el siguiente mes en que la cosita blanca estuvo en la casa. La llamamos Minina porque era genérico y para no encariñarnos.
Para alimentarla le daba lechita de vaca diluida con mucha agua tibia, la echaba en un gatero, la envolvía en una toallita miniatura para que no se ensuciara, le hacía masajitos en su pancita hermosa y la dejaba dormir como un bebecito satisfecho.
Más tarde, le daba lechita clara con el gotero, la envolvía como tamalito para que no se ensuciara, le hacía masajitos en su pancita hermosa; a veces vomitaba o se orinaba y, finalmente, se dormía como bebecito. Y otra vez. Repetía esto cada tres horas, sin falta, por varios días.
Dormía en un balde porque mi mamá no quería que estuviera haciendo sus necesidades por aquí y por allá. Todo el tiempo estaba pendiente de ella. Conforme pasaban los meses, su “estatus” fue mejorando dentro de la familia. Cuando ya no cabía en el balde, la mudamos al gallinero; cuando ya trepaba sobre la cerquita, se quedó en el patio hasta que pasó lo que en la naturaleza es obvio, pero que nosotros, insulsos, no previmos.
A sus seis meses, la pequeña Minina amaneció rodeada de unos seis gatos de todos los colores: el negro con blanco que parecía Batman, el blanco casi amarillo con heridas por todos lados, uno amarillo inmenso y con cara de malo… Y, sin caer en cuenta, su panza rosada comenzó a crecer con el paso de las semanas.
¡No más! De ahora en adelante, esa tierna cosita iba a dormir dentro y la íbamos a cuidar mejor que a cualquier otro que viviera ahí. La vimos subirse en las cortinas, me hizo pipí la tarea, mordió a mi papá sin razón, ronroneó con mi mamá y amasó a mi hermano menor. También la vimos parir cinco gatitos tan hermosos como ella y tan coloridos como los que suponemos eran sus padres.
Habría disfrutado mucho quedarme con ese miniejército de gatitos, pero no era prudente. Me di a la tarea de buscarles familias a cada uno. Familias responsables para que envejecieran sanos y amados.
Apenas pasó el tiempo de cuidado y entrega de mis michinietos, la llevé a esterilizar. Creo que, a esta altura, ya sabíamos todos que nunca me desharía de ella, así que tenía que ser responsable y aprender a cuidar a un gato como no lo había visto jamás.
No todo salió bien en la recuperación. Una tarde me dio tristeza verla fastidiada con su collar isabelino y se lo quité. Lo volvería a poner en cuestión de minutos, pensé. Ah, pero ella fue más rápida y, cuando regresé, se estaba lamiendo algo largo y extraño que le salía de la panza.
Mi grito se escuchó hasta quién sabe qué planeta. Se había quitado los puntos a punta de lamidas y sus órganos ahora estaban colgando. Cuando la descubrí, ella salió corriendo a esconderse dentro del clóset y yo corriendo a llamar a mi papá, quien asumió una actitud muy calmada mientras me veía llorar y gritar por todos lados.
—Llama al veterinario y que la venga a buscar.
Eso hice. Lo
llamé, la recogió envuelta en una camiseta y se la llevó a operar. Todos
salimos detrás de él, preocupados, rezando y llorando. Llegamos al consultorio
donde estaban haciendo la cirugía mientras el tiempo se volvía una tortura.
Al cabo de qué sé yo cuánto tiempo, salió el médico y nos dijo que estaba viva, que el pronóstico era reservado y que prefería dejarla en observación unos días. Cuando regresó a casa aún estaba maltratada y dolorida. Se le veían sus ojitos entrecerrados y brillantes, como con lágrimas brotando de dolor —o al menos eso parecía—. Se salvó esa vez.
A sus tres años, más o menos, desperté una madrugada y mi papá estaba con música a todo volumen y
Minina estaba en el patio toda empapada.
—¿Qué le pasó a la gatica? —le dije.
—Ah, es que está haciendo mucho calor y la bañé para que se refrescara.
Claro, cómo no me di cuenta antes. Por supuesto que hace mucho calor. Vivimos en la costa zuliana, donde, cuando tenemos suerte, estamos a 32 grados centígrados. Pero no por eso vamos a bañar a la gata de madrugada con agua fría y dejar que se seque a la intemperie.
Sin duda, esa era
otra de las grandes hazañas de mi papá. Le dije que nunca más se le ocurriera
bañar a mi gata, que no le pusiera un dedo encima, que si le pasaba algo no le
hablaría más, que no se preocupara por si tenía calor, hambre o las tripas por
fuera, que hiciera como si no existiera…
Ya no tan adolescente, pero sí bastante malcriada, lo grité, cogí mi gata mojada y la llevé adentro a secarla y arroparla. Él, como ya era costumbre, se justificó y actuó como si nada. A Minina no le pasó nada esa vez y todos seguimos consintiéndola como a nadie en esa casa.
La barrigona era mi sombra. Me acompañaba en las mañanas cuando me alistaba para ir a la universidad; cuando regresaba, se acostaba conmigo; en la noche, jugábamos con cualquier cosa que le pareciera juguete.
Me gradué y me fui a trabajar a Caracas. Pero qué decisión tan difícil fue irme de la casa sin ella. Nadie la va a amar como yo, repetía en mi mente. Pero eso no era cierto. Minina se quedó con mi mamá y ellas se volvieron la una para la otra. Hacíamos videollamadas para ponernos al día de lo que Minina hacía o no.
Siempre me daban quejas. Minina rompió el mueble, se orinó en el computador de tu hermano, persiguió a tu papá, le pegó a Miñongo, otro gatito que recogí y que es otra larga historia. La gata no quiere comer concentrado, ella quiere comida húmeda; hay que comprarle hígados de pollo para hacerle paté; a la reina le gusta tomar agua de la manguera, hay que comprarle una fuente; la niña se enfermó y ha estado vomitando; a Minina le tocan las vacunas; a Minina le hace falta un champú; ¿qué le vas a regalar de Navidad?
Así pasaron 16 años desde que llegó Minina a nuestras vidas hasta este jueves, cuando la reina de la casa se murió de una enfermedad que le contagió un gato callejero. A ella la amé como a nadie. La llevo tatuada en mi piel y en mi alma. Es la mejor michihija del planeta.
Y ese amor no era solo mío. En su último día de vida, se acostó de ladito a descansar en el patio donde creció y donde jugó. Ahí estaba mi mamá recostada también en el piso, diciéndole que nos había hecho muy felices todos esos años, que ya debía descansar de esa enfermedad, que ojalá se volvieran a encontrar. Le pidió que cerrara sus ojitos y se durmiera, la arropó con una camiseta y la acompañó un eterno y doloroso rato. Se despidieron.
Mi hermano menor la tomó y la llevó a la cama, se acostaron juntos hasta que el corazoncito le dejó de latir. Ya papi no estaba para bañarla ni decirle adiós, se le adelantó unos cuatro meses. Y yo lloré otra vez una muerto en el teléfono. Mi bebé dejó el baldecito para apropiarse de todo lo que era nuestro y así será por siempre.
Sonalys Borregales Blanco
7 de junio de 2026
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