Venezuela, lo que hoy nadie quiere ser

Veintisiete años de lucha y resistencia de la Revolución Bolivariana quedaron reducidos, de la noche a la mañana, a lo que nadie quiere ser. Cuando quieres hablar de opresión, de traición y de la renuncia a la dignidad de un pueblo, hablas de Venezuela.

¿Por qué no reaccionamos a la invasión de Estados Unidos?

¿Por qué permitimos que se llevaran al presidente Maduro?

Nadie esperaba que algo así ocurriera, eso es cierto. Pero tampoco justifica la inacción. Algún plan debimos tener para una situación como esa. Quizá el plan esté en ejecución y los únicos que no lo sepamos seamos los venezolanos y el resto de los mortales, que no entendemos qué está pasando ni hacia dónde vamos.

Voy y vengo entre esas preguntas y muchas otras.

¿Por qué aceptamos que se roben nuestros recursos?

¿Qué habría hecho Bolívar o Miranda?

¿Cuál habría sido la reacción de Chávez?

La gente tiene diferentes teorías y respuestas para cada una de esas preguntas. Algunos sostienen que el gobierno de Maduro fue acabado por Delcy Rodríguez y el resto de los funcionarios que se quedaron a liderar entre las ruinas de la revolución. Ahora son ellos quienes reciben órdenes directas desde Washington.

Otros creen que la actual administración solo está ganando tiempo para encontrar una salida a las imposiciones imperiales. Sobre eso tengo mis dudas.

¿Qué deberían esperar nuestros gobernantes para liberarnos?

¿Acaso esperan un milagro que nos devuelva la dignidad perdida?

¿Por qué quienes nos llamamos revolucionarios seguimos esperando que pase algo que ni siquiera sabemos qué es?

Yo misma, a veces, creo que los líderes de nuestro país escogieron ese camino para no ver la sangre de los venezolanos derramada injustamente. Sé que no tenemos un ejército lo suficientemente fuerte para repeler una agresión militar, pero eso no nos exime de responsabilidad. Saber que tenemos un enemigo poderoso y no prepararnos para resistir solo demuestra que hemos sido ingenuos o flojos.

Cuba es un ejemplo de todo lo que ha tenido que enfrentar un pueblo que decidió ser libre y soberano, y ese camino también pasó por la resistencia armada. Entonces,

¿Qué vamos a hacer los venezolanos para librarnos de los estadounidenses que ahora controlan, sin pudor, nuestro país?

¿Tomar las armas es una opción?

¿La diplomacia nos ayudaría en algo?

¿El derecho internacional aún existe para nosotros o para algún pueblo oprimido del mundo?

Entretanto, Estados Unidos, como es costumbre, pone en práctica el mayor de los cinismos. Tras los terremotos de finales de junio, Trump anunció que nos daría una "ayuda financiera" solidaria, pero esa ayuda sale de los recursos provenientes de la venta de petróleo que hoy son depositados directamente en el Departamento del Tesoro. Ni siquiera nos entregó el dinero de forma directa: lo hizo a través de las Naciones Unidas, que, según él, deberá administrar esos recursos y darnos lo que sea que necesitemos en medio de la tragedia.

Además, aprovechó para traer a nuestras tierras las botas de los soldados israelíes, que están bañadas de sangre de los palestinos. A esos que ahora dicen ser solidarios con las víctimas del sismo, no les tiembla el pulso para disparar contra los niños en los territorios ocupados.

Nosotros, mientras tanto, permanecemos bajo los escombros, humillados y débiles. ¿Cómo vamos a salir de debajo de esos enormes bloques de opresión que nos han dejado la vista nublada y el alma cubierta de angustia?

Por supuesto, otra vez digo que no tengo las respuestas. Tal vez el problema no empiece fuera de nuestras fronteras y, tal vez, la respuesta también tenga que ver con nosotros mismos. Hoy pienso que me gustaría que fuéramos un poquito como en Irán, donde la gente realmente ama a su país, lo cuida y lo defiende más allá de las consignas.

Y aquí quiero detenerme un momento, porque los venezolanos nos jactamos de ser maravillosos y de tener lo mejor dentro de nuestras fronteras, pero eso es cuestionable. Los actos dicen otra cosa porque elegimos productos importados por encima de los de producción nacional; porque preferimos viajar a Miami antes que a Mérida; porque vemos una calle sucia y no nos detenemos a limpiarla.

Si existiera Dios, me gustaría que nos diera la respuesta. Por ahora, creo que el mayor peligro no es la ocupación, sino acostumbrarse a ella.

 

Sonalys Borregales Blanco | 16 de julio de 2026