Un pasito al lado. Los quiero mucho.

Como todos saben llegó un nuevo gobierno a Colombia, como resultado de las elecciones presidenciales del pasado 21 de junio que dieron como ganador a Abelardo de la Espriella.

Sin duda, yo no compartía sus propuestas económicas y su discurso en campaña. Ahora tampoco comparto sus políticas, sobre todo en relaciones internacionales.

Me refiero específicamente a su servilismo con Estados Unidos y esa complicidad con Israel, que lleva a cabo un genocidio contra el pueblo palestino de dimensiones abismales. ¿Debo esperar a ver qué pasa? No lo creo. Hace unas horas, la nueva administración anunció que reconoció una supuesta soberanía israelí sobre los Altos del Golán de Siria. Así que es cuestión de días para que comiencen a marcar una postura editorial, porque ya sabemos que Israel volverá a pisar con sus botas manchadas de sangre este país que rompió relaciones diplomáticas con ese Estado sionista gracias al presidente Gustavo Petro en 2024.

¿Esto significa que durante el tiempo que trabajé en ese lugar estuve de acuerdo con todo lo que hacía el gobierno? Por supuesto que no, pero tenía la libertad de pensar y argumentar mis noticias internacionales en principios como la justicia y la lucha contra la opresión de los pueblos.

¿No es entonces la ética uno de los valores más preciados del periodismo? ¿O somos máquinas que reproducimos contenido? ¿Con qué cara me presentaré yo ante el público colombiano a decir que ya no hay más un genocidio contra los palestinos? ¿Cómo voy a decir que Estados Unidos es el salvador de América Latina cuando yo misma he visto que bloquea sin piedad a Cuba y bombardea escuelas (Minab) y comunidades (Lamerd) en Irán? ¿Si me aparto de esas posturas sigo siendo periodista o soy activista? ¿Es la imparcialidad suficiente para permitirme decir cualquier cosa frente los demás? ¿Debo renunciar a contar la verdad de los pueblos por defender un discurso de élites?

Para todo lo anterior quizá no tenga las respuestas. Solo recuerdo que soy un ser humano, como esos que mueren en medio de los ataques estadounidenses e israelíes Asia Occidental, como esos que se han muerto en las prisiones que Estados Unidos diseñadas para migrantes, como esos que no reciben tratamiento médico oportuno en Cuba por las medidas de presión económicas impuestas por estos imperios desalmados.

Entonces, bajo estas circunstancias he decidido dejar mi trabajo. Evidentemente yo soy un ser vivo que tiene sus necesidades: yo también debo pagar servicios, comer, pronto voy a comenzar a estudiar, tengo una familia a la que debo ayudar en Venezuela. Quedarme sin ingresos no es el mejor escenario para mí.

Llevo casi dos años desempeñando mi labor como periodista y presentadora de noticias internacionales y he mostrado incansablemente los efectos de las acciones estadounidenses en el mundo, incluyendo mi país que fue invadido militar para secuestrar al presidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.

También he llorado incontables jornadas con las imágenes de la violencia israelí contra la población palestina. Recuerdo siempre el cuerpito de esa niña muerta quedó sujetado del brazo de su madre cuyo cuerpo quedó en pedazos por el bombazo de Israel contra su casita. ¡Esa imagen no sale de mi mente nunca!

Fueron días amargos, son días amargos porque el mundo no es más justo ahora que antes y yo, además, de comer también siento y pienso. Sí, yo sé que puede parecer arrogante que diga esto. Algunos pensarán que no tengo responsabilidades y que por eso me doy el lujo de renunciar. Pero no es así.

Durante varios meses he pensado qué haría cuando llegara este momento en el que debiera decidir entre mis necesidades y mis convicciones. La respuesta nunca ha sido clara. No soy una santa ni una mártir, al contrario, reconozco que mis errores son múltiples y desagradables.

Ayer, entre el mar de ansiedad que tenía recibí la noticia que debía reintegrarme al equipo para cumplir mis funciones y no pude hacerlo. Así de simple. Di un paso al lado y ya. No tengo otro trabajo mejor, no tengo nadie que vele por mis necesidades básicas en este momento, solo tengo algunos ahorros y mi convicción de que algo bueno tiene que pasar.

Yo no soy diferente a los que me leen. Soy humana y sé lo que es tener hambre. Soy humana y he vivido con miedo de muchas cosas. Soy humana y debí dejar mi país por no poder cubrir mis necesidades básicas. Soy humana y he trabajado también en cosas que no son de mi profesión. Soy humana y estudié una carrera profesional con pocos recursos. Soy humana y mi familia me crio con esfuerzos. Soy humana y vivo duelos por pérdidas afectivas dolorosas. Soy humana y me gustaría tener un excelente trabajo, con un sueldo digno y que no me falte nada. Soy humana y consciente de que tendré que hacer sacrificios mientras encuentro una nueva fuente de ingresos.

Hay momentos en los que la distancia entre mis principios éticos y aquello que considero que tendría que defender o representar profesionalmente se vuelve demasiado grande para mí. Y en este punto quiero mencionar que todos estamos llamados a ser justos y valientes en este mundo. O ¿necesitamos ser Simón Bolívar para tratar de hacer lo que consideramos justo?

Yo no le pido a nadie que siga mi ejemplo. Jamás me atrevería, porque quizá en otro momento de mi vida actuaría distinto. Tampoco seré yo solita la que cambie el mundo. Eso lo tengo claro. A lo que sí los invito es a pensar que quizá las transformaciones históricas siempre dependen de personas concretas que hacen pequeñas cosas desde sus circunstancias. A lo mejor el tiempo de los héroes y las heroínas no ha acabado. Tal vez Pilar sea la nueva líder de paz a la que podamos seguir y Jennifer nos convoque a unirnos en comunidades solidarias.

Cada uno desde su espacio, condición y momento puede aportar. Cada quién sabe lo que hay en su corazón y lo que le pesa en el alma. Les pido que no busquen en mí el argumento para justificar sus decisiones. Todos podemos elegir el camino que deseamos seguir.

Nota final: Estoy buscando trabajo. Los quiero mucho.