Los pétalos de Alí Jamenei
Para mí, Irán es una tierra de milagros. ¿Alguna vez les ha ocurrido algo tan maravillosamente inexplicable que les cambie la vida? ¿Han vivido una experiencia que parece no tener sentido, pero que termina explicándolo todo?
Eso me ocurrió en Irán, adonde llegué a comienzos de julio de 2026 para cubrir como periodista las ceremonias fúnebres del líder mártir Alí Jamenei, ayatolá que, como líder supremo, guió al pueblo iraní.
Había seguido durante años sus declaraciones políticas, difundidas por agencias internacionales, pero sus discursos no me sorprendían demasiado. Había crecido escuchando a Hugo Chávez hablar de antiimperialismo, humanismo, soberanía, solidaridad y defensa de la dignidad.
Tras el martirio de Jamenei, las calles iraníes estaban repletas de millones de personas que lloraban como niños, reclamaban justicia y estaban dispuestas a alcanzarla por sí mismas. Estaban desbordadas de dolor y dignidad. Lo entiendo: también en Venezuela, cuando murió Chávez en 2013, el desconcierto y el duelo se apoderaron de las calles.
En unos de esos días, fui, junto a otros periodistas, a la Gran Mezquita Mosalla, donde se encontraba el cuerpo de Jamenei y los del resto de sus familiares asesinados durante un bombardeo de Estados Unidos e Israel contra su casa. Entre esas personas estaba su pequeña nietecita de tan solo tres años.
Todo fue muy solemne. Iniciamos un recorrido pasando a través de unos soldados muy elegantes y formales que saludaban a todas las delegaciones. En pequeños grupos nos guiamos por la alfombra roja hasta llegar donde estaban los ataúdes a rendir honores a esta familia y al líder mártir.
Frente a ellos nos detuvimos unos instantes. Pensaba que lo que estaba pasando era histórico. El mundo lo recordaría por la magnitud de las expresiones de duelo y solidaridad que se estaban expresando hacia ese país. Yo estaba ahí; pensando quizá en geopolítica, en la guerra, en las negociaciones, la paz y en el odio que tengo hacia los administradores del poder de Estados Unidos.
Salimos y seguía pensando en cómo habíamos llegado a esta nueva realidad en Asia Occidental. Nuevamente venía a mi mente la irresponsabilidad de Estados Unidos e Israel, que, ese mismo día del bombardeo contra Jamenei y su familia, asesinaron a más de 160 niños que se encontraban en una escuela en la localidad de Minab, en el sur de Irán.
En las guerras esos crímenes se repiten. Los dolores se multiplican como la cantidad de civiles despedazados por las bombas. Era mi trabajo poder contar esa realidad y de alguna manera estaba preparada para ello. Pero, jamás me imaginé lo que vendría después.
En otro de esos días, fuimos al cementerio de Behesht Zahra, donde pude ver las tumbas de científicos, mujeres, niños, deportistas y cualquier cantidad de personas inocentes que sin esperarlo, pero sin huir, fueron sorprendidos por los ataques.
¡Cuánto sol! ¡Y cuánto amor había en ese lugar. Las personas limpiaban las tumbas, hacían sus oraciones y compartían entre sí, como casi siempre lo hacían sin ningún reparo en esa comunidad islámica.
Iba descubriendo cómo se relacionan entre sí, que expresiones tenía la fe y hasta qué punto podía llegar la convicción de que hay una vida después de esta en la que impera la injusticia.
En medio del recorrido, nos invitaron a entrar en un recinto cerrado, con alfombras persas hermosas, cojines en el suelo y la infaltable y adorada bandera de Irán. Ahí, algunos hombres hablaban con discreción entre ellos, con cierto recelo. Nos saludaron con afecto y nos contaron detalles sobre lo que ocurrió con el cuerpo del líder mártir.
¿Dónde había estado todo ese tiempo desde su asesinato hasta los días de su funeral? Precisamente ahí, en aquel lugar del cementerio. Nadie lo sabía, ni siquiera quienes habían organizado nuestro recorrido lo sabían. Cuando se enteraron, algunos rompieron a llorar como niños.
Nos condujeron a una sala más pequeña, iluminada con los colores de la bandera iraní. En el suelo había una base sobre la que, según nos explicaron, habían reposado durante más de un mes los cuerpos de Alí Jamenei y de su nietecita de tres años, colocada junto a él en el mismo ataúd.
Los hombres que hasta entonces me habían parecido invulnerables se derrumbaron sobre las alfombras. Lloraban sin contenerse. Sus lamentos se deben haber escuchado hasta esa otra vida que esperan confiando en Dios.
Pasaron minutos eternos, como esos que promete el islam en el paraíso. ¿Qué era todo eso? Yo, que un par de meses atrás había perdido a mi padre de manera inesperada, estaba de nuevo ante la muerte y sus rituales, ante el sufrimiento y sus señales.
Yo permanecía en silencio.
Hacía apenas unos meses había perdido a mi padre de manera inesperada. No quería comparar mi dolor con el de aquellas personas, ni tenía derecho a medir el sufrimiento de nadie. Sin embargo, mientras los observaba, algo de mi propia pérdida regresó a mí. Reconocí en sus lágrimas una herida que también llevaba dentro.
Los periodistas occidentales que estábamos allí no sabíamos muy bien qué hacer. Ellos, en cambio, encontraron la manera de hacernos parte de aquel momento. Las palabras en persa y español estaban intercaladas por esos quejidos que salían de sus almas bondadosas.
Persa y portugués, llanto y lamento. Nos explicaban los detalles que contaban los encargados del cementerio. También trajeron un recipiente con pétalos de rosas. El lugar se llenó de la fragancia dulce y sutil de esas flores. Nadie parecía tener prisa por marcharse.
—Tomen. Lleven algunos. El espíritu de nuestro líder los acompañará.
Alguien trajo a mí un puñado de esos pétalos y los puso en mi mano fría y temblorosa. Se mezclaban en mi mente las escenas del funeral de mi padre y las del líder supremo iraní.
Los miré durante unos segundos. Eran apenas unas flores, delicadas y silenciosas, en una habitación donde todavía resonaba el llanto de unos hombres que acababan de compartir con nosotros una parte de su duelo.
No lloré. Tampoco encontré palabras. ¿Quién era yo para sumar mi dolor personal a ese sufrimiento de millones de musulmanes que se acumulaba ahí a través de ellos? S
Apreté los pétalos entre los dedos y salí de aquella sala con ellos en la mano.
Afuera seguía brillando el sol. La vida continuaba entre las tumbas, las oraciones y las personas que cuidaban los nombres de sus muertos. Yo caminaba sin saber qué hacer con aquella pequeña ofrenda. Pensaba en mi padre, en aquellos hombres, en la niña que había muerto antes de conocer casi nada del mundo.
Y, sin embargo, no era solamente tristeza lo que me acompañaba.
Había algo en la manera en que aquellas personas sostenían su dolor, en la ternura con que nos habían recibido, en la certeza con la que hablaban de sus muertos, que no conseguía apartar de mi pensamiento.
Durante años había sentido que la vida era una carga cuyo sentido no lograba encontrar. ¿Por qué para ellos la vida no tenía un peso imposible de cargar y para mí la realidad se me había vuelto insoportable?¿Cómo podían pensar en el martirio como una bendición, mientras que yo estaba aferrada a este mundo aún cuando no podía entenderlo ni justificarlo? ¿Cuál es la respuesta para su fortaleza? ¿Cómo se explica mi debilidad?
Más y más preguntas fueron llenando mi mente e inquietándome. Aquella tarde, no desaparecieron el dolor ni las dudas. Tampoco comprendí de pronto aquello que ellos parecían comprender.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que quizá había algo que todavía no sabía mirar. Algo que me deslumbraba y, al mismo tiempo, me incomodaba. Solo sabía que había salido de aquella habitación con unos pétalos entre las manos y con algo dentro de mí que ya no era exactamente igual.
Los pétalos de Alí Jamenei están hoy en mi casa. A veces los miro y vuelvo a aquella tarde en Irán, sin saber explicar del todo qué ocurrió, pero con la certeza de un milagro.
Sonalys Borregales Blanco | 30 de octubre de 2026
